EL MUNDO: AL RESCATE DEL “CHOPIN ESPAÑOL”

Por Benjamín G. Rosado

El pianista Mario Prisuelos dedica un monográfico a la memoria de Marcial del Adalid, considerado uno de los máximos exponentes del romanticismo musical en España.

 

Ha querido Mario Prisuelos poner a prueba la eficacia de Shazam con su último disco, 'El piano romántico' (Universal). Que suena a los Preludios de Chopin y recuerda a las Canciones sin palabra de Mendelssohn, aunque las 21 miniaturas de la grabación se las debamos en realidad a un compositor gallego, Marcial del Adalid (1826-1881), coetáneo de los anteriores, si bien mucho menos conocido. Tanto que uno de los más dignos representantes del romanticismo pianístico español se despidió de la vida sabiéndose un desconocido para el mundo, mirando el tiempo pasar desde una de las ventanas de su solitario pazo de Lóngora.

 

La primera vez que Prisuelos oyó hablar del "Chopin español" fue de boca y manos de su maestro, el uruguayo Humberto Quagliata, quien le introdujo en el universo de este clásico olvidado. "No podía creer que un compositor que produjo tanto y tan bien pudiera haber pasado inadvertido para la historia de la música", cuenta el intérprete madrileño. "Por eso cada vez que se me ofrece la oportunidad no dudo en incluir alguna de sus obras en los programas de mis conciertos". Lo hizo durante su debut en el neoyorquino Carnegie Hall, hace tres años, y seguirá reivindicándolo durante la gira de presentación del disco, vinculado a Galicia y a la celebración del centenario de la Sociedad Filarmónica de Vigo.

Adalid nació en La Coruña, pero estudió en Londres con el célebre Moscheles, que fue a su vez alumno de Beethoven y amigo íntimo de Mendelssohn. "De él aprendió toda la tradición centroeuropea y se empapó de las tendencias musicales de la época". La música de Adalid es deudora de todos ellos (también a Liszt y Schumann), pero no hay en su estilo mayor aspiración que el puro placer de componer. "Fue un compositor de salón, en el mejor sentido de la palabra. Casi toda su literatura está recopilada y no sufrió las estrecheces económicas de muchos de sus coetáneos. Así que a su vuelta de Europa se dedicó a poner música a los poemas de su mujer, la escritora Fanny Garrido, y a amenizar las soirées literarias de Emilia Pardo Bazán".

 

Disfrutó Adalid de una vida plácida, pero no pudo cumplir el sueño de conocer personalmente a Chopin. Su muerte le conmovió profundamente e inspiró las bellísimas páginas de la 'Improvisación fantástica', recogida también en el disco. A pesar de las evidencias biográficas, Prisuelos no puede evitar fantasear con un encuentro entre Adalid y Chopin en París, como ya hicieran otros con Mozart y Beethoven en aquella Viena incierta de 1787. "No sé por qué me los imagino de noche en el apartamento de Chopin, reunidos en torno a un piano, sin pronunciar palabra, dejándolo todo a la expresividad y a los sentimientos, el idioma que mejor manejaban".

 

Reconoce Prisuelos (músico omnívoro donde los haya, cuyo repertorio abarca del barroco a las vanguardias) haber obedecido a la intuición para la selección de las 21 piezas del recopilatorio, un total de doce romanzas, un scherzo, una balada, una improvisación y seis valses. "El legado de Adalid es de calidad variable", comenta. "Va desde lo que podríamos calificar de meros estudios para la práctica pianística a auténticos monumentos de expresividad intimista, en los que se puede escuchar esa voz suya tan influida por Europa pero tan particular al mismo tiempo".

 

El tercer disco del pianista madrileño es un derroche de sensibilidad e ingenio técnico, además de un ejemplo de rigor musicológico, como pone de manifiesto la inclusión de la primera grabación mundial de una partitura inédita que contiene seis romanzas sin palabras, también de pequeño formato, que el propio Prisuelos encontró entre los manuscritos de José Ramón Guelbenzu en una de sus muchas visitas a la Biblioteca Nacional. "Una prueba más de que, a veces, la belleza cabe en un cajón olvidado".

 

VOLVER